TURISMO ORAL
En Ballesteros hay una laguna en la que, según los lugareños, hay un ojo de mar. Es como si en algún punto secreto de esa laguna hubiese un portal que llevara al mar. Incluso un punto en que las aguas dulces de la laguna y las del salado mar se tocaran. Esa caricia de aguas, además de asombrosa, es temible. Dicen que si un objeto o una persona pasan justo por ese punto del agua desaparecen para siempre. O, quizá, aparecen en otra parte del mundo, en un mar. De todos modos, a mí me convocaron desde el Programa de Teatro Itinerante, de Agencia Córdoba Cultura, a contar cuentos en Ballesteros, en un evento que reunía a dos escuelas primarias de las zonas rurales.
Esta vez tuve la alegría de que me acompañara mi amada, que tiene un ojo profundo como el mar y que llevó la cámara y tomó estas fotos que ustedes ven.
La función estuvo hermosa, la disfrutaron tanto los niños como los adultos. En especial un grupo de madres que se sentó en las últimas filas. Y aún más especialmente una mujer que fue a acompañar a su hija y se instaló con el mate y se reía a carcajadas, con una alegría que se escapaba del salón y- pensaba yo cuando la oía- llegaba hasta la laguna y producía olitas (quizá hacía parpadear el ojo de mar). Las directivas y los funcionarios de la Municipalidad también oyeron y jugaron con los cuentos.
Luego de la función, la mismísima intendenta se ofreció a llevarnos a conocer el pueblo. Mientras manejaba nos iba contando qué partes eran más antiguas, dónde estaba el centro de salud, cuál era el espacio más concurrido los fines de semana. Yo miré a mi queridita y le dije al oído si se animaba, si le parecía que le pidiera que nos llevara a conocer la laguna. La intendenta hizo una pausa en su amabilidad, nos miró por el retrovisor, hizo un silencio, después susurró algo incomprensible, soltó una risa chica y dijo que bueno, que si queríamos.
Nos contó algunos rumores de la laguna. Pregunté si podíamos bajarnos a tocar el agua. Si se animan, nos dijo, pero yo espero acá. Caminamos con mi amada, vimos a los patos de cerca. Eran muy lindos. Empezaba a oscurecer. Mi chica tomó la cámara para fotografiar al pato más colorido. De pronto los patos pararon su marcha. Se pusieron en fila y todos, al mismo tiempo, giraron el cuello y nos miraron fijo unos instantes, mientras se oía el click de la cámara. La intendenta tocó bocina, los patos se esparcieron entre aleteos y graznidos. Volvimos al auto.
Unos días después, cuando mi chica apareció con las fotos reveladas, vi que salieron muy lindas. ¿Y la de los patos?- Le dije- Falta la de los patos.
Ella no dijo nada. Miró para otro lado. Y enseguida cambiamos de tema.
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