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 FRENAR EL CUENTO Y ENCENDER LOS PÁJAROS



Ayer conté cuentos en el patio de una biblioteca de General Deheza. Llevé una propuesta para adultos que se llama “Cuenteros y enamorados”. La gente prestaba mucha atención, pero en un momento- en medio del tercer cuento - varias caras, sonrientes, miraron al cielo. Hubo un pequeño murmullo, como si algo pasara detrás de mí. Fueron segundos. Luego todo siguió como venía. Después de la función me enteré: una bandada de tordos, numerosa y en coreografía milimétrica, había surcado el cielo a mis espaldas. El primer cuento que conté esa tarde tenía pájaros. Uno solo, que en el cuento me elegía a mí- entre todos los niños del mundo- y se posaba en mi hombro. Pero los pájaros de verdad, los del mundo de carne y hueso, los del patio de esa biblioteca, eligen el cielo y los ojos de la gente, y vuelan más alto que mis cuentos.





Me gustó que pasara eso. Porque uno puede preocuparse por los problemas de moda: la narración oral debe competir con la velocidad de las redes sociales, con la sobreestimulación de lo audiovisual, con la confusión entre narración y teatro, con la aclamada poca capacidad atencional del público. Me tocó competir contra una bandada de pájaros. Una coreografía de tordos negros me interrumpió. La naturaleza se me coló en el cuento y se llevó toda la atención y el asombro. Cómo me gustaría volver a ese instante, frenar el cuento y encender los pájaros. Darme vuelta, calladísimo, y mirar lo mismo que miraba el público: el cuento que nos cuenta el mundo hace millones de años. Y después, recién después, con un silencio de amapola* de por medio, retomar mi narración, quizá con los versos de Cortázar:


Ahora escribo pájaros.

No los veo venir, no los elijo,

de golpe están ahí, son esto,

una bandada de palabras

posándose                  

                  una                        

                         a 

                           una

en los alambres de la página,

chirriando, picoteando, lluvia de alas

y yo sin pan que darles, solamente

dejándolos venir. Tal vez

sea eso un árbol

o tal vez

el amor.



La tradición volar le gana a la tradición oral. La palabra pájaro no es el pájaro. Quizá el mundo ha decidido redoblar la apuesta y cada vez que digamos “pájaro” él conteste con una bandada de tordos perfectamente aeróbicos, especializados en danzas celestes. Cuidado, narradores: el mundo no sólo empezó a imitarnos, ahora está celoso de nuestros pájaros y nuestras palabras, y quiere ser mejor. Cuidado, cuenteros: tenemos que contar de forma muy bella, para que el mundo se vea obligado a respondernos con mucha pero mucha más belleza que la de nuestras bocas. Cuidado, habladores: si narramos bien y bello, estamos construyendo un mundo mejor.




Me queda una esperanza: en alguna función, mientras cuente cuentos de dragones, quizá la gente mire para arriba, y yo me dé vuelta y ahí lo vea venir, con su batir de alas escamoso, con humo en la nariz y, cuando aterrice en el escenario, yo quizá de un salto me suba a su lomo y le diga: dragón, dragón, que empiece la función. Y mientras alzamos vuelo, me iré cantando: ¡ahora narro dragones!


*Con "un silencio de amapola" me refiero a los versos de la poeta Edith Vera:
Una vez que se ha pronunciado
la palabra amapola
hay que dejar pasar algo de tiempo
para que se recompongan
el aire
y nuestro corazón.


Gracias al equipo de la Biblioteca Leopoldo Lugones por confiar en mi trabajo, en especial a Mónica Mansilla, que pone en alto valor el trabajo con la palabra en diferentes iniciativas de las áreas de educación y cultura del municipio de General Deheza.


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