FRENAR EL CUENTO Y ENCENDER LOS PÁJAROS Ayer conté cuentos en el patio de una biblioteca de General Deheza. Llevé una propuesta para adultos que se llama “Cuenteros y enamorados”. La gente prestaba mucha atención, pero en un momento- en medio del tercer cuento - varias caras, sonrientes, miraron al cielo. Hubo un pequeño murmullo, como si algo pasara detrás de mí. Fueron segundos. Luego todo siguió como venía. Después de la función me enteré: una bandada de tordos, numerosa y en coreografía milimétrica, había surcado el cielo a mis espaldas. El primer cuento que conté esa tarde tenía pájaros. Uno solo, que en el cuento me elegía a mí- entre todos los niños del mundo- y se posaba en mi hombro. Pero los pájaros de verdad, los del mundo de carne y hueso, los del patio de esa biblioteca, eligen el cielo y los ojos de la gente, y vuelan más alto que mis cuentos. Me gustó que pasara eso. Porque uno puede preocuparse por los problemas de moda: la narración oral debe competir con la veloc...