Antes de empezar la función de cuentos fui mesa por mesa a saludar al
público. En el patio- que haría de escenario esa tarde, en Etruria- estaban los
viejos y las trabajadoras de la Residencia de Ancianos, claro, pero también sus
familiares, porque era una tarde especial. En cada mesa pregunté si alguien
sabía una historia, algo para contarme. Así apareció un gran contador de
chistes y poemas
-Humberto Monge, 86 años, a su servicio - me dijo.
Me contó, como disculpándose, un chiste "picante". Nos reímos con
los muchachos de la mesa. Pedí otro.
-No, no. Después. No me acuerdo - me contestó, ya con un aire cerrado, como
pispiando si yo, que ahora era el público de sus narraciones, estaba a la
altura. No sirvió insistir.
Fui a otras mesas, hablé con gente, probé el micrófono, pero sabía que Don
Monge estaba a mi servicio, y que tenía más chistes y poemas. Incluso me lo
confirmó la directora de la Residencia.
Me acordé de una recopiladora de cuentos orales, española, que cuando los viejos no le contaban historias, ella les contaba una bien antigua, y ahí los viejos abrían su boca, como devolviéndole la gentileza. Dice el escritor Ricardo Piglia que la única forma de contestar a una historia es contando otra historia. Volví a la mesa de Don Monge y le conté 3 chistes, el doble de picantes. Monge rió, cambió el gesto. Algo apareció en sus ojos, como reconociéndome. Y empezó a contar. Fabuloso. Chistes y poemas que me alegraron mucho.
Gracias Don Monge, 86 años, a nuestro servicio.






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