MOZO, HAY UNA MOSCA EN MI CUENTO Que una mosca pase volando a centímetros de mi cara mientras estoy narrando no es cosa grave. Yo sigo con el cuento y ni el cuento ni el público ni yo perdemos el hilo. Si la mosca, además, se siente un poco colibrí y revolotea y se suspende y aletea unos instantes frente a mi nariz, puedo confiar en que no todos en el público tienen tan buena vista como para que el cuento y la atención se vean heridos. Pero si la mosca, además, vuela otro poco y se estaciona en mi frente como si fuera su casa, entonces, ya no hay más cuento, ya todo en la sala es una mosca sobre la frente de un tipo al que todos están mirando porque les estaba contando ¿qué cuento? ¿de qué trataba? ¡miren la mosca, la mosca, tiene una mosca, en la frente! Algunas oyentes se tentaron con discreción, otras se sintieron incómodas suponiéndome incómodo, y otras, vaya a saber. Todo en un instante y sin palabras. Por supuesto, en vez de hacerme el tonto y seguir, cambié la frase del cue...