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POR QUÉ NO MATASTE AL PÁJARO

 


-¡Por qué no mataste al pájaro! – gritó el niño de nueve años, desde la mitad del salón.

Fue hace unos meses. Conté cuentos en la escuela primaria de un pueblo cordobés. En la función para niños de seis a nueve años, yo estaba narrando un fragmento de una película, pero la narré en primera persona. Entonces contaba la historia de la vez que yo era pequeño y un pajarito, en una plaza llena de gente, me eligió a mí y se posó sobre mi hombro y  se puso a cantar. Yo, para que no se fuera, ni respiraba. Le hice creer que era un árbol. Ahí estuvo un rato el cantor. Y mi corazón como un galope colorado. Hasta que se fue. Volando y cantando. Y ahí corrí como la luz hasta la casa a contarle a mi mamá,  y le conté todo atolondrado el maravilloso suceso, y mi mamá hizo un silencio y me dijo:

-Ay, nene, ¿para eso me molestás? Pensé que me ibas a decir algo importante - Y siguió haciendo lo que estaba haciendo. Mientras narraba esa historia, entonces, un niño de nueve, casi como un acto reflejo, gritó:

-Por qué no mataste al pájaro.

En el momento no lo escuché. Descubrí el grito en una grabación que me pasaron. Ya es tarde para hacerlo, pero pude responderle con dos aves poéticas. El primer pájaro es de Alberto Laiseca, que se hace pasar por Shen Chin (poeta de la Dinastía Wei) y escribe en “Pequeño gorrión”: Mi amada no conoce jaulas;/ va y viene cuando se le ocurre./ No te cantaré cuando te hayas ido,/ pequeño gorrión salvaje./ Te canto ahora que me amas. Es tarde para responderle, pero aquel grito aún puede servirnos a quienes contamos cuentos. Nos puede enseñar, por ejemplo, que los niños de nueve años prestan mucha atención mientras escuchan cuentos. Que no sólo escuchan, sino que van sacando conclusiones a medida que avanza la historia, al punto de imaginar acciones alternativas para el personaje. Incluso aprenden a pensar opciones para mejorar la vida de los otros, a partir de escucharlos relatar sus vidas. En esa parte de la historia yo me muestro más bien triste porque mi mamá no me lleva el apunte cuando le cuento el gran suceso con el pajarito. El consejo del niño es que debí matar al pajarito. La historia, por suerte, avanza por otro carril y resuelve que el asunto no está en la madre que no se interesa sino en el niño que no narró bien el suceso (nunca el pajarito es un posible responsable). En ese punto de la historia me pregunto si hay alguien en el mundo que se dedique a encontrar las palabras justas y a unirlas de tal manera que, cuando a él le lata el corazón, logre hacérselo latir a los demás. Y esa tarde - dije mientras narraba - decidí convertirme en un contador de historias.

Pero ¿por qué el niño propuso una acción alternativa? Le habrá dolido la tristeza que yo mostraba al narrar. Habrá querido remediar el asunto, darme una opción mejor, corregir la historia para que sea más feliz. Ya que no se pudo en la vida, por qué no corregirlo en el cuento. Lo grita con tanta convicción que de verdad parece estar ofreciéndome la solución, que él la ve al alcance de la mano. Esto me deja pensando: ¿escuchar historias nos enseña – de manera indirecta -  que el mundo podría ser de otra forma, que además de las cosas como son hay potenciales opciones? En esta corriente, entonces, ¿contar cuentos no sería una pequeña y potente forma de cambiar el mundo, o el pensamiento de la gente que vive en el mundo y que hace que el mundo sea como es? Por otro lado, esta historia en particular, quizá, le dejó al niño de nueve años la esperanza de que no siempre lo que le pasa a alguien es culpa del otro (del pajarito) sino que a veces es uno mismo el que puede revisarse y hallar, precisamente a partir del fracaso o el malestar, un camino nuevo para andar por la vida. O para decirlo con la segunda ave poética, del jardín verbal de Nelvy Bustamante: Sin libertad, el pájaro se sentía enfermo. Dejó de comer hasta que se volvió finito como una lombriz. Así pudo abandonar la jaula.

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