LAISECA Y LAS VIEJITAS ABRIDORAS DEL ALMA
Lo que más recuerdo de Laiseca es su voz, y me llega en la oscuridad entre el humo y sus bigotes largos, blancos, con las puntas amarillas. Hay una sombra de ventilador de techo que gira y gira en el piso, Laiseca está sentado en una silla contando un cuento. No leyendo, contando. Como si no hubiera texto, como si el texto fuera su propio cuerpo, su voz, sus gestos, ese cuerpo que estaba en escena y a la vez era escenario del cuento. Contaba cuentos de terror por el canal I SAT. Verlo era hipnótico. No me daba miedo, me inyectaba un entusiasmo que dura hasta hoy.
(Acá pueden ver a Laiseca contando un cuento propio en el ciclo de I SAT)
Laiseca es un escritor muy singular y de mucha trayectoria. Y es indudable que también fue un maestro de la oralidad, un narrador oral. Como cuentero y como maestro de taller de escritura, la palabra hablada era una de sus armas letales. ¿Y cómo aprendió eso? ¿Qué maestros tuvo?
En el libro “Cuentos de terror” (Interzona, 2003), Laiseca recopila cuentos de terror del mundo (Poe, Bierce, Lafcadio Hearn, Saki, Quiroga, y más) y cierra el libro con algunos textos suyos (“Los cuentos de la negra Tomasa”) y una historia oída, recopilada y transcripta por él. El prólogo comienza:
“A la vuelta de casa, allá en Camilo Aldao (mi pueblito de la Provincia de Córdoba), se reunían de noche unas viejitas que contaban historias espantosas: gente enterrada viva, mujeres jóvenes secuestradas a quienes les hacían cosquillas hasta matarlas, sirvientas que se volvían locas y metían al niño de la familia en el horno (con una manzanita en la boca, como si fuera un chanchito), etc. Según decían las viejas, éstos no eran cuentos sino “historias verídicas”. Yo tenía mucho miedo y después no podía dormir, pero valía la pena. Estas mujeres, con sus historias, me abrieron puertas en el alma. Creo que ahí empecé a interesarme en el horror”.
Laiseca sigue y nos trae una hipótesis:
“La vieja pregunta es: ¿por qué seguimos leyendo (o pidiendo que nos cuenten) historias terroríficas? En primer lugar, porque nos divierten mucho. Es cosa clara. Todo lo que ´abre puertas´ gratifica. Pero hay todavía una razón más profunda: los monstruos existen en serio y todos lo sabemos (independientemente de la enseñanza que nos hayan endilgado). Oír cuentos horripilantes es familiarizarnos con lo terrible. Así, cuando el Espanto Penúltimo llegue (cosa más que probable), estaremos preparados (…) Esta es, para mí, entonces, la importancia del monstruo en el arte: como abridor de caminos, verdades y puertas”.

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