CUENTOS DE LA CUEVA
Nabokov imagina una escena de las cavernas. Tiempo de los Neandertales. Dice: La literatura nació el día en que un chico llegó gritando ‘el lobo, el lobo’, sin que le persiguiera ningún lobo, dice Nabokov, en su Curso de literatura europea. Lo recordé hace unas semanas. Cuando escalábamos un pedacito de la cordillera de Los Andes con un grupo de narradores orales. Nos habían eegido para una residencia de narración oral en El Sosneado, Mendoza, al pie de las montañas. Entre las actividades propuestas, exploramos el montañoso lugar, con sus picos nevados. En un momento, Ramón, el amable y sintético baqueano, nuestro guía en cada salida al aire libre, preguntó si nos animábamos a subir hasta la cueva. Casi todos dijimos que sí.
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| El interior de la cueva donde narramos |
El final del camino era la entrada a una cueva larga, amplia, como un
hermoso monoambiente de tierra, con cascadas internas, muy sonoras, y una
pequeña laguna. “¡Contemos cuentos!”, dijo Rubén López, gran cuentero radicado
en Córdoba. Sí, grité yo- como un niño que acaba de ver un hermoso lobo-, sin
notar mi propio entusiasmo. Hicimos una ronda, Rubén contó La historia del aire de la noche, un relato del Sub Comandante
Marcos que cuenta la vez que los más primeros dioses hicieron asamblea y
sacaron cada uno su palabra, y la aventaron al aire para que otros la
conocieran. Aplaudimos. Además, Rubén, la noche anterior, en la casa donde
parábamos, nos había dicho que, por mucho que charláramos, teníamos que
contarnos cuentos entre nosotros, “porque yo no conozco verdaderamente a
alguien hasta que me cuenta un cuento”, nos dijo. Fernanda, narradora
bonaerense, fundadora de la reconocida “Luna Compañía de Cuentos”, también
contó en la cueva. Una historia de yoguis sobre el dios de la luz blanca:
Panduranga. Le pregunté en qué libro estaba. Me dijo que no la sacó de ningún
libro, que se la oyó a su gurú. Aplaudimos,
llenos de alegría. Después conté La olla
de la sabiduría, de la tradición oral africana, que viajó siglos y océanos
hasta llegar a esa cueva y salir de mi boca como desde el vientre de la Cordillera.
Aplaudimos (yo no). Enseguida, Alejandro Bustos, que es ilustrador, titiritero,
dibujante de arena, tantas cosas es Alejandro, y que fue a la residencia con un
proyecto que, en determinado momento, requiere simplemente de Alejandro
contando, contó un cuento de Gustavo Roldán lleno de ternura y de inventiva: El día de las tortugas. Y lo contó sin títeres,
sin lápices, sin arena. Yo vi cada línea, cada personaje, cada árbol con sus
hojas verdes. Cuando nos íbamos, Fernanda se me acerca: “¿Viste que no se
escuchaba el agua cuando contábamos?”.
Ya de regreso, sentí que había pasado algo parecido a la vez que se inventó
la literatura. Y que en esa misma cueva se habrían refugiado nuestros
antepasados de diferentes pueblos y costumbres para descansar, para protegerse,
para amarse, para narrarse. Cuando se lo conté a un amigo, me dijo que se acordó
de la escena de Juego de Tronos en que Jon Snow intima en una cueva con
Ygritte, la salvaje. El juego de la narración, en medio de la nieve y las
montañas, en una cueva, gritando como niños que inventan la literatura.

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